28 de febrero de 2012

"pezteh"



Vas a quedarte ahí mirando el techo en silencio las próximas quince madrugadas.
Horas después te levantarás arrastrando, plomizos, los pies hasta el cuarto.
Lo desordenaras todo; la cama, el armario, los recuerdos... te harás un ovillo entre los enseres supervivientes a la catástrofe y obligarás al gato a taparte los pies a punta de pistola de agua.
Romperás aviones de papel, cartas, dinero.
Tirarás las tazas del desayuno y los cubiertos contra la pared del salón.
Destrozarás sillas, desplumarás los cojines, y ya puestos el sofá, ¿Por qué no?.
Vas a gritar hasta asustar a la vecina del 2º, que subirá el volumen de la radio para no oírte llorar por las noches.
Vas a girar sobre tu eje, in situ, esperando que la realidad cambie.
Vas a tardar en equilibrarte. Tonto. Vas a vomitar desgarros de pena.
Pero no voy a volver.
No vuelvas a prohibirme plantar árboles.
No vuelvas a incendiarme las alas para luego arrancármelas.

6 de febrero de 2012

tatetitotu

La clave de la evasión es el escapismo "leatral", los paseos por el parque Imaginación, siempre verde, de la manita de un palabro de metro ochenta y ojos verdes, preferiblemente. Perdonad pero estoy en la oficina y esto es así, aqui el que no sueña, vuela, y si no está dormido o tomando el café de media mañana a las 9:45 con los plomos ya fundidos. Los rugidos de la fotocopiadora retumban en la cabeza de los presentes de forma cíclica. Una y otra, y otra vez. De fondo las risas de unas cuantas que parlotean sordamente de la actualidad rosa. Una y otra, y otra vez.
La secretaria de María tiene la mirada perdida y la prolongación de sus piernas abrazada a la silla giratoria. Sobre sus cuatro ruedas ordena archivos, busca planos, a veces se queja a regañadientes y al instante reacciona, gira y vuelve a su puesto. Se rumorea que alguna vez alguien usó una espátula para recoger sus restos a las 8 de la tarde. Bueno, solo se rumorea, quizás por eso su puesto sea el más cercano a la salida de emergencia; quizás algún día...
El trasluz de la cristalera de la puerta de al lado deja entrever una sombra alargada, como altiva, de la que manda en la planta. Postrada desde su trono se mesa el pelo y retuerce el cable del teléfono pidiendo un café enfurecida; tres veces en dos horas ha desenfundado el dedo índice y ahora... ahora acusa al infinito que tiene enfrente de alguna fechoría. No logro oírla del todo pero atisbo por sus gestos que quizás las fotocopias no hayan llegado a su tiempo o algún mal similar. Como diría mi compañero Matías, -Esperemos no tener que lamentar víctimas-.