29 de diciembre de 2012

Sur.





Señor agente, yo le cuento:

Eran cuatro.
Dos pares de labios que, en rojo, cruzaron esa puerta; a través de aquel marco con una fotografía de los dos, y en llamas, fíjese bien, los vi pasar.
Al juntarse, en un mano a mano, prendieron a conciencia esta tormenta; de verano en pleno diciembre.
Eso tiene que ser ilegal.
Le juro que vi como todas las luces de la ciudad se fundían de un polvazo. 
Que por cierto, qué bizarras este año.
Y claro, lo han puesto todo perdido de amor; bastante más integro que el integral ese de moda, todo hay que decirlo.
Esos dos han pintado el vacío de esta Navidad 0´0 de rosa. Y han llenado el barrio de abrazos impropios; si no mire usted las farolas… y sus correspondientes abrazadores, claro.
Alguien los tendrá que separar.
Ayer noche había un banco de niebla que ni se imagina; sabía dulce y olía a limpio en toda la manzana. Un reguero de charcos de vino caro conducía hasta la tarima de esa cama. En ella, una sábana de terciopelo y un arcangel de ciertopelo negro y ojos grandes acompañado.
Quedaba poco oxígeno en la sala y estaba entre sus bocas diluído. No querían soltarse, así que nos hemos tenido que retirar.
Esa mujer brilla más que la misma luna, señor, y ésta no para de llamar a cobro revertido por las noches para reclamar. 

A ver cómo pago yo la facturita.


*El frío nos estaba matando hasta hoy, vida.
  Y la brasa que me estás dando (jaja) nos la va a perdonar.

16 de diciembre de 2012

Plurales dudosos





Aquel día el mundo nos des-bordó.

Y desde entonces nos vemos en cada anónimo como si fuese ayer, cu-herido; como si fuésemos los de ayer. JÁ. Recorriendo esas cuestas sin luz, a tientas, de la mano, grapando paredes en callejones donde nunca nadie imaginó que cabía tanta luz como aquella noche; ni tanto odio después... porque sí, supongo que por Ley el precio de amar viene con el odio incluído; ya sabes, es el IVA del querer y está por las nubes.
Nosotros le pusimos el nombre al verbo, amor, y aunque cantarán mil veces el mismo estribillo con mi nombre siempre me ha sabido mejor entonado en tu boca y entre nuestros soplidos; con eso valía, contigo valía. Y cómo retumba aún cuando cerramos los ojos a la vez, sin querer saberlo pero sabiéndolo tan bien.
Porque "dejarse caer, también es volar*", que no se te olvide.
Y luego a des-coser, puntada a puntada; putada a putada, a deshilachar hilos de la misma primera historia; a tatuarse sobre el hueso y donde se vea, las iniciales del enemigo. A vender las alhajas y los anillos en un Compro Odio. Nos caímos de un guindo, puede ser; éramos demasiado jóvenes y ya nos queríamos tanto... como en las peli-agudas del tema. Una hostita teníamos pero seria... sería la edad, luego nos la dimos y BOOM, la amarga realidad soplándonos la nuca.
Joder, si fuese tan puto fácil juntar personas como palabras con futuro, aunque ¿qué es futuro? un de-venir y un de-marcharse, también. Un hoy aquí, un mañana allá, optimizando vidas, ¿Recuerdas? repoblando el mundo de felicidad, de flores rojas; de instinto de puta vida.
Nos hemos cargado a conciencia algo tan precioso que no sé si algún día podremos perdonarnos; yo tengo la intención, quizás porque ya no importas, o de otra manera; porque ya hemos crecido, vívido; y vivido también, con tantísimos otros y tus respectivas otras... que dicen que el primer amor no es el último.

Se explican tan bien que casi nos han con-vencido.






2 de diciembre de 2012

París

Una vez conocí al Coco. 
Se instalaba debajo de las camas, y en la noche, intentaba hacerse hueco en el abrazo de encima.
Exiliado en el tejado, acabó; poniendo copas a los sapos para pagarse los estudios y demás viajes la luna.
Traía unos sustitos de la tierra en una caja de música cubana.
Dentro bailaba un fantasma, de los de sábana visible, y plumero también. 
No sabía mi nombre, pero sí que en el marrón de quedarse un rato en lo negro de mis ojos estaba su oasis. Luego guiñó uno y previo a un tajante -buenas noches-, le ofrecí un corte mangas a estrenar.
Pidió una oportunidad y yo, a cambio, una palabra al azar; por confirmar si era o no tan coleccionista de horrores como decían los afilados; él contestó -BIRRA-, entonces, en mitad de sonrisa y media, abrí la puerta de atrás; y pasó, dándose brillo, a la mía existencia.
Era mi primer contacto con un negociador de disgustos pero me veía capaz de torear con el más malo. 
El tío llevaba una gata tísica sentada en el hombro a la que llamaba Enfermedad; por un viejo amor, me aclaró. Una plumilla negra en señal de luto le colgaba del lóbulo de la oreja izquierda y medio mundo en la lista negra. Le habían dejado en la estacada, con los bolsillos rotos y un hatillo lleno de tardes descoloridas, por eso llevaba un cartel en la chaqueta que decía: "regalo venda-vales", o sea, tickets de viento. Tenía olvido entre los dientes.
En mitad del cuarto, abrió un libro titulado "Pregón de una grieta". Desordenó las siete letras de mi nombre y después empezó a leer.  Entre esquejes de peleas y escupitajos de muerte, se secó el sudor de los excesos con la solapa y exhausto, dijo:
No me gusta especialmente hacer llorar pero es el único negocio que perdura.
Recontó des-gracias, pesó el pasado, midió la fiebre de los sábados más locos y añadió:
Estas cuentas no salen, Srt. Ardilla. La pena es inversamente proporcional a las piedras.  
Como no echaba de menos un futuro más fácil, aposté mis letras al rojo, me encogí de hombros y le hice una mueca. Me empecé a reír y me dio el único indulto del edificio.
Le ofrecí dos poemas y un café.
Él me dio de fumar.
Empezó a rajar y por bulerías en el campo, el cielo tuvo que llorar.
Olía a lunes que apestaba, el mundo estaba pegajoso y criticón y resultó ser el Coco, el más asustado, que de tanto quitar sueño, lo llevaba acunado en la espalda y claro, menuda lumbalgia mental.
Decía que quería hacer su vida sonar y construirse un ranchito en las nubes; aprender a volar y quería, sobre todo, quería... querer. Aunque con esa cara crónica de ir buscando masacre lo tenía jodido, la verdad. 
Reclamaba derecho al olvido y una orden de alejamiento de unos diez años luz de aquel puesto de trabajo. Aunque ya se sabe que al Sir. Tiempo además de la épica, y el mambo, le gusta joder, especialmente, como casi todo lo que sale volando. 

Des-ganándose la vida un poco más en cada peldaño, el Coco, se despidió bajando la escalera, sacudiéndose el traje, extendió esa mano de artesano del horror y dijo: 
"Ojalá no coincidamos mucho, Manuela."
No era tan mal tío en el fondo, asustaba por miedo.
Estaba herido. 
Hace poco volví a saber de él, seguía adicto a las alturas pero sólo por malvivir en una cloaca; se volvió impermeable y luego... luego le ascendieron en el curro.
Creo que llegó a Presidente.