25 de febrero de 2013






Érase una vez un cielo voyeur que ofrecía lluvia de alquiler a cambio de amor aguado.
Érase una noche, en la que yo me hacía de drogar y a ti te bastaba la vida misma para justificar cualquier pecado; tumbados en lugares intermedios, entre tu ego y el mío, contábamos latidos.
Érase una vez, un territorio comanche entre el todo y la nada, donde aún tirita, entre tiritos y canciones de Revolver, el fuego de un amor imposible con futuro.
Érase una vez, un hombre daltónico y una mujer de colores en un mundo negro disfrazado de sábana blanca; de fiebre de sábado noche.
Éramos una vez; dos, locos por beberse a bocados los restos de poesía que nos colgaban de los labios.
Érase la plenitud, impuntual, que llegaba ciega haciendo ruido a altas horas de la noche; vomitando gravedad, sin saber, que una vez, no hubo nada capaz de atarnos al suelo; nadie, una vez, capaz de separarnos.
Érase la vida, una vez, y la muerte, enrollándose en un piti de liar con los restos de piel sin tocar y nuestra ropa desgarrada; éranse nombres susurrados, continentes de calor en dos cuerpos; y palabras, subidos de tono.
Éramos un idioma universal de dos hablantes; éramos palabras, luego, una vez, éramos infinito.
Y se nos veía entrañablemente vivos.
Érase una vez, el lujo de ser, un problema que deja de serlo por no tener solución; nosotros, digo.
Érase una vez, nosotros siendo insufriblemente irresistibles al tacto del otro en la suma de sonrisa y silencio, previos a un gemido universal.
Érase una vez, un duelo de bocas hedónicas, helándose la carne en segundos a base del calor que hay detrás de un simple gesto con, cinco, sentido(s); detrás de un trastoque de boca con las yemas de los dedos dibujando una X; de anónimo.
Abro la mente y me encuentro de frente a mí misma escuchándome atentamente; dándome instrucciones de cómo quemar este manual de seducción de mentes; me veo atándome las manos, huyendo de todo/s que vean en mi voz estas palabras de amor exagerado; y es posible que nunca más las vuelva a escribir por miedo a la posibilidad de querer desmontarte cada día; cada hora y en cada esquina.
Aunque los buena hierba crezcan bajo mis pies y quieran salvarme a toda costa de tus cristales.
Aunque te escondas detrás de un sentimiento de culpa que no te crees ni tú.
Aunque te estés perdiendo el mundo buscando las Américas.

¿Sabes? la birra sigue igualmente,
con o sin ti,
guapo.

10 de febrero de 2013

Me.meces.





Llené tu salón,
desolado,
de piel, sol y hadas;
y entre actos,
me hice refugio
y balsamo anti cuitas.
Fui
 el ansiado ocaso
de cualquier lunes,
 en ruta
hacia esa astilla mental
a la que llaman desilusión;
Traje
vestiditos de choque,
tejidos en gloria salida,
con los que atropellar tus pasados,
de sonrisas pagadas a escote;
apagándolos.
Apuntalé 
vidas de alfil
con una tarifa infinita,
de ron despuntado en mis ojos.
Éramos
llam(d)as desnud-as,
y -os, nosotros,
deshicimos los nudos
  del "entre líneas"
del metro de Madrid;
de mi metro, (75), de poema,
 verde, como el de Neruda;
verde, como tus maneras.
Lloví colores, gris;
lo viste.
Encerré el pasmo,
en el culo del vaso de pensar,
recién colmado de amor;
y Red Label;
le puse a buscar,
(en tu) boca abajo,
 estrellas,
bajo el sol de un viernes noche.
El carmín advirtió:
"arriba las manos, abajo vaqueros"
tú miraste, sordo,
a quemarropa,
gritando un "nosotros"
y el eco contestó,
apuntando en el espejo,
"sí, vosotros"
con un rimmel
 loco;
 por correrse.



2 de febrero de 2013

Sírvase muy frío.

Y él dijo 
(en su idioma) 
:


Creo que empiezo a ser adicto a la cal de tu copa; siempre medio llena. 
Creo que empiezo a estar un poco harto del cartelito de aforo completo en esa vida que tanto te gusta arrastrar, niña. Y de los medios vacíos, que te riegan los oídos sin ni siquiera haber visto la magnanimidad de esos ojos cuando vas a llorar; cuando quieres soñar y no te dejan.
Empiezo a odiar los instintos de todos... los que te miran sonreír por la calle bebiéndote a sorbos cualquier capital; y empiezo a coleccionar todas las cervezas que te rozan los labios.
Empiezo a no poder con los taxistas, seguratas, porteros... poetas, músicos, profetas... camareros, copistas y demás, que te miran cuando hablas sin que te des cuenta. 
Empiezo a odiar querer todos tus putos matices; y los de tu boca; y los de tus manos.
Qué fácil pillarse los dedos con tu puerta de cristal. 
Qué fácil parece, lo de tu ruleta rusa con cartucho de veneno; lo de morder un corazón.
Y ya estoy abonado al nacimiento de babas en los bolsillos traseros de tus vaqueros; y me veo caer en cascada, embobado, sobre un colchón de horas... porque, no lo sabes, pero te espero colgado entre las cuerdas del reloj de tus paredes de acero, muñeca.
Me agota esta nada a la que te has vuelto adicta; porque te consume, cortada o con (mala) leche... mañana, tarde y noche, entre simulacros de incendio, o de insomnio, que casi siempre terminan en puntos de encaje y ropa interior suspensiva. 
Joder, tú brillando, y yo... pegado al cristal de tus gafas de cerca.
Y estoy cansado de ese tipo, general del cuartel de chicas tontas con medias -luces- de rejilla que ni te pega, ni te hace despegar. Te embarga la sonrisa y solo por eso ya me cae fatal. 
Me he alquilado un pisito entre tus "hasta luegos" y "ahora vuelvo"; desde ahí te observo no parar; te escucho, atento, no callar; te siento incombustible, encender sin querer esta hoguera cada día más. Y claro, ahora tengo que alquilar un par de fuegos de artifício para el teatrillo de rodar... con alguna corta de todo; pensando en ti.
Y aunque me sienta fatal que juegues a caminar con tus historias sobre mis brazos puestos en cruz, ya me he acostumbrado a que me hinques algún que otro dardo.
No soy un mártir, aunque seas mi martírio particular, pero sí, te tengo miedo.
Por eso los cortafuegos.
Por eso esta urna de cristal.
Por eso lo de tapiarte la boca cada vez que retuerces las piernas.
Por eso este "te miro pero no te toco"; por eso, este "te siento pero no te entiendo."
A secas, escribes y secas, de un pal-abrazo cualquier argumento; y entre los huecos de mis grietas, vas despejando las incógnitas. Yo que siempre he sido de interrogarme como en las pelis: detrás de un cristal opaco, con gafas de aviador, anillo opresor en el meñique y bigote a lo chicano; ahora me miro en el espejo y te veo reír al otro lado... me unto en sal las heridas, tú vienes; soplas; y te vas.
Y te piensas que pienso, que te has caído de un quinto y en verdad, sé que estás a cinco mil manzanas de mi árbol y no va a ser fácil traerte de vuelta al Paraíso; fueron muy bordes la última vez... tú que solo querías agarrar con cuerdas a los locos y con nudos, a los marineros.
Por eso, alejarme sin decir esto me agrieta; me abre las comisuras de los miedos y me obliga a punta de beso a carne viva, a tragar un poco más de ti; y así, con un par de textos enquistados y otras tantas contracturas, no proceso y voy crujiendo todos los reflejos que me recuerdan quién no soy... y quién eres tú; rompiendo todas estas putas cartas de recomendación, quemando los papeles que me manda alguna que otra desde las alturas...

Porque ya sé quién quiero ser de mayor; ya no quiero ser piloto, quiero ser contigo.





"Siempre he sido yo, sin ti, pero contigo"