25 de noviembre de 2018

estafilococo


María/Olivia era tibieza pura. De una simpleza supina que asusta. Quiso rodear su vida de cosas vacuas, disfrutar de lo fugaz y lo brillante; de las ascuas del humano que no sabe serlo. Del todo.

Quiso atajar el bosque de las preguntas y se dedicó, entonces, a gastar. La vida, la cartera, el espíritu.

Quiso, por querer(se), a nadie más que a ella misma.  Traspasó todos los límites del onanismo y el autoservicio: era como un “vending”, sí, pero con acceso restringido para si misma.

Elegía, pues, metódicamente qué ponerse cada día: un ego febril de la mejor firma, una piel nueva según visita, su colección de argumentos basado en un “YO”… con vistas…

Y en la cavidad torácica:

(ESPACIO)

muy poquito.

Ay, tan poquito…

Las migajas de un poquito.

Pero supuso –mal- que la vida así, en el templo de uno mismo le iba conducir a la gloria. Como digo, mal-adivinó un futuro en el que solo cabía ella y encontró –ah, Dios- el hastío.

El mismo reflejo deforme tras el marco de la puerta.

El eco de un espejo roto y sin pulir.

El miedo al desnudo; al enemigo. El tiempo burlándose de ella.

Sería inútil hablar de María/Olivia, de su café sólo a las tres… y sola, por cierto, a las cuatro. Y a las cinco. Sin hablar de “los suyos”. Suyo siempre todo antes que del resto.

De la ecuación de su propia carne entre cero, igual a infinito. Y las estrellas de la ventana entre cero igual a suyas. Y la familia que no fue familia, entre cero, igual al monstruo que le sigue soplando las velas a sus 37 años.


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